martes, diciembre 26, 2006

Mirada al 2007

León Bendesky

Cuando está por cambiar la tendencia del comportamiento de una economía, los datos convencionales suelen ser más imprecisos que de costumbre y, con ello, el panorama se hace más incierto. Eso pasa ahora, por ejemplo, en los registros sobre la economía estadunidense, y por necesidad también en aquellos de la mexicana.

Los análisis que están disponibles indican, casi sin desviaciones, que el año entrante habrá un ajuste a la baja en las cifras de crecimiento del producto en ambos países y, con ello, un acomodo de las variables financieras, especialmente las tasas de interés y los tipos de cambio. Es más, estos movimientos son ya observables.

El nuevo gobierno ha hecho ya algunas previsiones en el presupuesto para 2007 y no hay al respecto cambios muy significativos en la ley que salga del Congreso. Entre los asuntos más relevantes que tendrá que enfrentar están, sin duda, los del empleo y los ingresos de las familias.

La estimación de los puestos de trabajo formales que podrán crearse es muy inferior ­menos de la mitad­ de las 1.2 millones de plazas que se requieren por año en el mercado laboral. Las únicas salidas a esta situación serán más informalidad, subocupación, y gente buscando emigrar.

Así, será muy complicado compensar la caída de la demanda externa, es decir, de las exportaciones, mediante la demanda interna, o sea, más consumo e inversión. En el último par de años, los salarios reales de los trabajadores con contratos, sobre todo en el sector de las manufacturas, se recuperaron debido a la baja de la inflación. Pero eso no ocurrió en todos los sectores, especialmente entre los que se ocupan en faenas temporales o están de plano en la informalidad. El consumo familiar tiene límites y además hay un mayor nivel de endeudamiento provocado por la expansión del crédito.

El salario mínimo no expresa de modo transparente las condiciones del mercado de trabajo (la oferta de los trabajadores y la demanda de los empleadores). Y, para disgusto de muchos teóricos de la economía, no hay una indicación de algo que pudiera tomarse como el salario de equilibrio; menos aun si se toma en cuenta la migración cada vez más grande.

Cuando se habla de incentivos como forma de apreciar cómo es que funciona un mercado, en este caso el del trabajo, debemos reconocer que en México, hoy y desde hace mucho años, los incentivos son perversos. El problema de este mercado es que se ha dislocado luego de dos décadas de insuficiente crecimiento del producto, de una cada vez mayor concentración del ingreso, de la insuficiencia de la inversión y el atascamiento de la productividad.

Mientras la política pública y, especialmente, las condiciones generales de la competencia en la economía mexicana no se dirijan de modo explícito a confrontar este doble problema: el del estancamiento económico de largo plazo y la falta de empleo, todos los ajustes que deriven de modo periódico en la estabilidad financiera serán en esencia frágiles y volátiles. Además, en el corto plazo resultan muy costosos de mantener.

Es este nudo que tiene amarrada la posibilidad de expansión lo que está reduciendo a México a un papel secundario en el escenario económico mundial. Esta economía exporta grandes cantidades de productos a Estados Unidos sobre la base de la producción de empresas de ese país en el territorio nacional y no sobre la productividad. Por eso es que va perdiendo terreno frente a China o India, por eso no tiene una voz relevante en las negociaciones comerciales internacionales como la de Brasil o Nueva Zelanda. Por eso vive de la renta petrolera y no ocupa un papel relevante en la industria global de la energía, como ocurre (con todos los matices que se quiera) con Rusia.

Es también esa circunstancia de falta de dinamismo durante tanto tiempo la que ha desgastado ya prácticamente por completo el discurso de la reforma económica y política en un entorno de fuerte control; el que ha debilitado igualmente la retórica de la transparencia y la desregulación mientras prevalecen los poderes monopólicos.

Pero 2007 no parece el año en que se tomará en serio la oferta de crecer más, con más equidad y mayor bienestar general. Cada año que se pospone una real transformación de la sociedad mexicana se agravan las fricciones y eso no debería sorprender a nadie. El recurso será aplicar un mayor control (y fuerza) sobre una población a la que constantemente se le hace creer que ahora sí "la va a hacer" y que comprueba que todo cambia, pero no necesariamente para quedar igua